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La obesidad, un problema social

Vivimos en una sociedad en la que hay una sobrevaloración positiva de la delgadez y en la que el sobrepeso es rechazado; por tanto su prevención y la lucha contra el mismo constituyen prácticas y encarnan valores muy difundidos en el mundo occidental.

Es difícil encontrar otro tema que se comparta tan colectivamente como el peso. Todos conocemos gente que se queja de su gordura (real o ficticia) o que está haciendo dieta. También sabemos que el comentario “estás más gorda” es uno de los peores insultos que podemos oír. ¡Cuán lejos estamos de los tiempos y sociedades en que la obesidad y las redondeces, especialmente en la mujer, eran vistas como signo de fertilidad, símbolo de riqueza, señal de fortuna, y como patrones de belleza!

La obesidad como estigma social

Ser obeso constituye en nuestros días un estigma social. La presión social contra la obesidad es tan clara que alrededor de los seis años los niños ya la han interiorizado perfectamente.

Una de las razones del rechazo es la atribución de la sociedad a la responsabilidad que tiene el obeso de su obesidad. En general se piensa que las personas con sobrepeso son débiles e incapaces de cuidar de sí mismas. Es decir, la obesidad está considerada como la consecuencia de un vicio y se supone que el obeso lo es porque quiere, porque come sin control y con glotonería.

En distintos estudios realizados en niños y adultos se ha comprobado que rechazan más a un obeso que a alguien que tenga una discapacidad, que le falte un miembro o que tenga la cara desfigurada. Asimismo, un estudio realizado con estudiantes de enseñanza media puso de relieve que rechazaban a personas obesas con la misma contundencia con que lo hacían a prostitutas y desfalcadores (Krupka y Vener, 1998). Estos estudiantes preferían casarse con adictos a la cocaína y con enfermos psiquiátricos antes que con obesos.

También está demostrada la peor imagen del niño obeso en la escuela respecto al resto de los niños, tanto por parte de sus compañeros como de sus profesores, los cuales esperan un peor rendimiento académico de ellos.

A efectos laborales tienden a ser consideradas menos competentes, menos productivas, desorganizadas, indecisas, inactivas y con menos éxito. También se ha verificado que, a igualdad de otras circunstancias, los salarios de los obesos suelen ser inferiores a los de sus colegas de peso normal o bajo.

En las mujeres las cosas son aún peores ya que la presión para la delgadez se ejerce de forma mucho más acentuada sobre ellas. Esta crítica constante sobre el volumen del cuerpo afecta a las relaciones personales y afectivas. Sin olvidar, por supuesto, las consecuencias sobre su autoestima. El atractivo de una persona no reside exclusivamente en el volumen del cuerpo, pero en la sociedad actual es así. Por otra parte se ha demostrado que la persona considerada atractiva recibe más apoyo por parte de su entorno.

Desde la infancia la autoestima puede estar dañada debido al volumen corporal. Los padres, las familias, desconocen la importancia de sus comentarios sobre el cuerpo de sus hijos, aunque lo digan como una broma. Los niños que escuchan estos comentarios empeoran su autoestima. Con relativa frecuencia el recuerdo humillante de este tipo de comentarios puede poner en marcha un trastorno de anorexia.

En estas circunstancias es normal que las personas con sobrepeso cuenten con un autoconcepto negativo y una autoestima baja, siendo frecuente el miedo al rechazo social. Tienen más riesgo que las personas delgadas de sufrir trastornos psicológicos.

Tratamiento multidisciplinar de la obesidad

Para solucionar estos problemas es necesario el tratamiento psicológico en casos de sobrepeso y obesidad. Además, las personas que alguna vez hayan hecho una dieta sabrán las dificultades que les supone, y estas dificultades provocan que la mayoría de las veces se abandonen. Muchas investigaciones han demostrado que a los cinco años de acabar la dieta, el 90% de las personas recuperan el peso con el que habían comenzado el tratamiento, con el agravante de que muchos lo superan.
Aunque muy poco considerados, los aspectos psicológicos y familiares juegan un papel decisivo en la producción y mantenimiento de la obesidad, y por tanto deben ser tratados.

El psicólogo ayuda a fomentar las habilidades necesarias para poder realizar la dieta y, esto es muy importante, para no recuperar el peso perdido. Se ha demostrado que las personas que siguen utilizando las habilidades conductuales después del tratamiento tienen más éxito en conseguir el mantenimiento de la pérdida de peso. Algunas de estas habilidades son: autocontrol, hábitos de vida adecuados, asertividad, cómo prevenir recaídas… Asimismo es muy importante el tratamiento psicológico de aquellos aspectos en la vida de la persona que se han visto afectados por su sobrepeso, como son su autoestima, relaciones sociales, estado de ánimo negativo, ansiedad.

En resumen, nuestra época embarca a sus ciudadanos en una persecución de la delgadez a cualquier precio. Las razones son estéticas. Estar delgado es una condición básica para sentirse aceptado y, por tanto, para aceptarse. Hemos satanizado los kilos “de más” y los hemos asociado a desprestigio, rechazo y autorrechazo. Todo esto tiene unas consecuencias psicólogicas sobre la persona que es necesario tratar, así como enseñar las habilidades necesarias para conseguir perder peso y mantenerlo.

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